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Silvia Lerner

“La gente se enferma por esas cosas”
por Silvia Judit Lerner



El mito de la Esposa Perfecta no cae de un día a otro, ni de un año al otro, ni de un desencanto a otro desencanto.  Es fácil refugiarse en la ternura de los niños cuando esto sucede. Y es difícil no repetir con ellos el modelo.


Ana dice: “Me parece que el matrimonio es el arte de arreglárselas sola para sentirse acompañada”...

Cuando algo la lastima, oscila entre el resentimiento y el mandato de ser feliz, entre el dolor - que puede registrar a lo largo de todo su cuerpo - y la idea (en su cabeza) de luchar contra ese mismo dolor, de no darle lugar, de asfixiarlo por falta de espacio.

Hasta que una idea - también en su cabeza - le sugiere que el dolor es algo que primero debe aceptarse para luego dejarlo ir. Si es que se va.
Está cansada de decirse aquéllo que pudiera hacerla más parecida a su marido para adaptarse a él y a lo que no la hace feliz.

Se duerme triste, y sueña con la ingratitud de su hermana, con sus pedidos y su falta de reconocimiento. Después de todo, una ingratitud revela las otras, las que probablemente han signado muchos de sus vínculos. Y con tantas cosas leídas, con tanta psicoterapia, no p
uede evitar el viejo tic de preguntarse por su responsabilidad en ello.



-Esto nos producen nuestros largos esfuerzos de automejoramiento: de un modo sofisticado encontramos la manera de ser siempre culpables de todo lo que nos duele. ¿Será bueno?... ¿No es a veces bueno aceptar que el otro es capaz de lastimarnos?... -se pregunta esta vez. -  
¿Será bueno "ser buena"?...

El mito de la Esposa Perfecta no cae de un día a otro, ni de un año al otro, ni de un desencanto a otro desencanto.  Es fácil refugiarse en la ternura de los niños cuando esto sucede. Y es difícil no repetir con ellos el modelo.

Una madre es también, muchas veces, la prótesis de lo que le falta al padre en el trato con los hijos. Ana quisiera que sus hijos pudieran crecer con amor y reconocimiento por parte de ambos: de padre y de madre. No quiere ser siempre la complacencia que suaviza - y excede a veces - la severidad de su marido.. Pero no ve otra opción. Es más: a veces le parece que si ella misma fuera fría y rigurosa, su marido se sentiría obligado a la ternura, a la paciencia. De hecho ocurre alguna que otra vez, porque él es tan bien intencionado como ella. Pero, de hacer ese cambio a propósito, una vez más se vería obligada a torcer su naturaleza.

- La gente se enferma por estas cosas - decía la mujer de “Irreconciliables diferencias”, - por no hacer lo que quiere, lo que siente.  Pero cuando se quieren cosas desde los distintos corazones que fueron inyectados en el propio corazón, ya no es fácil saber qué se quiere. Y no saber qué se quiere, también enferma.-
Silvia J. Lerner
(Material registrado)



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