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Burning Man

                    De lo Banal a lo Espiritual

Cuando Silvia Patrono* me sugirió relatar mi experiencia en Burning Man para   www.creandotuvida.com , me alegró la idea de poder compartir mis vivencias. Pero ni bien me senté frente a la pantalla en blanco me dí cuenta de lo complicada que era la tarea encomendada. La experiencia Burning Man tiene tantos niveles de lectura que tratar de sintetizarla en un artículo es todo un desafío.    
                                                                Por Claudio Vazquez
                                                                                                             
fotógrafo

 Como bien lo establece el propio sitio de Burning Man  (www.burningman.com), tratar de explicar qué es Burning Man a alguien que nunca estuvo en el evento es un poco como tratar de explicar un color a una persona ciega. Sin embargo, hay un intento de definición: Burning Man es un experimento anual de comunidad temporaria dedicado a la auto expresión y auto subsistencia radicales. 

        Así que empecemos a pelar las capas de esta gran cebolla desconocida.


Para los que nunca oyeron hablar de Burning Man, podemos empezar con los datos históricos.  El primer Burning Man (del inglés: hombre quemándose) tuvo lugar en Baker Beach, cerca de San FranciscoLarry Harvey, Jerry James y un grupo de amigos se reunieron en la playa para quemar un muñeco de 2,4 metros en lo que se podría definir como un acto dadaísta.  El muñeco y la concurrencia fueron creciendo en los años siguientes hasta que en 1990 la ceremonia fue interrumpida por la policía por carecer de un permiso.  Desarmaron la efigie y más tarde, ese mismo año, la reconstruyeron para llevarla a lo que sería su nueva casa: Black Rock, en el desierto de Nevada (150 kms. al noreste de Reno), donde otro grupo estaba organizando un evento artístico con quema de esculturas temporales o efímeras.
Esta es a groso modo la historia del comienzo de Burning Man. En el medio hay muchas idas y venidas, versiones diferentes, etc., pero nada de esto modifica la esencia de Burning Man.

¿Dónde entro yo en todo esto?
  A
partir del año 2003, ya instalado en Los Ángeles, California, conocí a un grupo de gente con los cuales me hice muy amigo.  Fue entonces que escuché hablar por primera vez sobre Burning Man. Todos los que habían participado aunque sea una vez, se desvivían en adjetivos tratando de describirme la experiencia, pero invariablemente terminaban con la frase: "Tenés que ir para saber de qué se trata".



Hasta ese momento sólo sabía que Burning Man era un "festival" de una semana de duración; que se hacía en el desierto de Nevada, en el lecho seco de un lago, lo cual le da un paisaje único; que dentro del perímetro de la "ciudad" no circula el dinero; que hay que llevarse todo lo necesario para subsistir durante una semana en condiciones climáticas extremas (agua, comida, techo, etc.); que mucha gente lleva cosas sólo para regalar; que otros arrastran desde lugares lejanos las creaciones artísticas más disparatadas o asombrosas; que hay una política de "no dejar rastro", o sea que uno se debe llevar todo lo que trajo, especialmente la basura; que se podía estar desnudo, si ese era el deseo de uno.

Todo esto comenzó a formar un rompecabezas bastante incompleto y caótico en mi cabeza, pero fue la semilla que fue creciendo internamente, creando la curiosidad y el deseo de poder atestiguar en persona todos esos fabulosos relatos.


Y los astros confluyeron en Julio del 2006 cuando pude organizar mi vida en Los Ángeles y, con un grupo de mis amigos, nos embarcamos a la tarea de organizar el viaje. Como buen novato, dejé los detalles a los más experimentados.  Así fue como el 26 de agosto del 2006 partimos en una camioneta alquilada, cargados hasta el techo, con los otros 3 que serían mis compañeros durante el resto de la semana.
El viaje en sí estuvo plagado de ribetes tragicómicos que voy a obviar por una cuestión de brevedad.
 

Luego de 12 horas en la ruta, llegamos a Black Rock City.  Estaba amaneciendo y hacía frío. Nada hacía sospechar el calor que haría unas horas más tarde.


La excitación inicial se enfrió en todo el trámite de la entrada.  Ese año
participaron 40.000 personas de esta experiencia.  Una vez que superamos la entrada, un grupo de personajes disfrazados (o debería decir con el "atuendo oficial de Burning Man") nos dió la bienvenida.  El bautismo para los novatos, como yo, consistía en hacer sonar una campana, ritual que cumplí vigorosamente.  Y ya de ahí nos dirigimos al "centro" de Black Rock City.



Como dije anteriormente, Black Rock City se erige en el lecho seco de un lago.  El suelo consiste en
tierra rica en cristales de sal, residuo de la evaporación del lago, lo cual no permite el crecimiento de ningún tipo de vegetación.  Las montañas rodean el perímetro en la lejanía, dejando al descubierto una planicie totalmente desprovista y con un suelo cuarteado por el sol.  Es en este lugar donde, ante los ojos de algún ser aéreo, se crea la ciudad de Black Rock City, para luego desaparecer una semana después. Y cuando digo ciudad, me refiero a una ciudad semicircular con sus calles, sus barrios, sus "edificios" oficiales, sus monumentos y lo que se conoce como la "playa", que es el lugar central dentro del semicírculo y donde generalmente se construye "el hombre" (m
an), que luego será quemado en una de las ceremonias más emocionantes en que haya participado.


Todos los años Burning Man propone un tema distinto.  Ese año el tema era "Esperanza y Miedo: El Futuro". Vaya tema.  Con el tiempo ya la efigie ha crecido a 22 mts.  Pero no es lo único monumental en Burning Man.  Una vez que encontramos nuestro lugar e instalamos nuestro campamento vino el momento de empezar a mirar alrededor y más allá. También ya era hora de empezar a advertir que estábamos acampando en un medio ambiente agresivo: calor por encima de los 30º C durante el día, frío por debajo de los 10º C durante la noche, polvo irritante, sequedad extrema.  Muñidos del equipo apropiado (mochila de agua, sombrero, máscara de seguridad,  protector solar, antiparras) salimos a hacer nuestro primer reconocimiento.



Era domingo, día de la apertura oficial, pero la ciudad ya estaba casi completa y efervescente.  Luego de andar un rato por las calles, la sensación era la de habernos caído por el agujero de la cueva del conejo blanco en "Alicia en el País de las Maravillas". La distorsión de la realidad cotidiana era tan consistente que algo en mi cabeza empezó a ceder. Vehículos de los diseños más originales y bizarros, a motor, a pedal, a vela. Campamentos con las instalaciones más asombrosas o desopilantes. Gente entregada a las actividades más diversas. El zoológico humano en su máxima expresión, sólo que nada se parecía a la realidad ordinaria de la vida cotidiana.


El campamento central, una especie de carpa circense con
techo abierto, es el lugar de encuentro.  Generalmente aquí hay algo sucediendo a toda hora, ya sea un grupo haciendo música, alguien recitando o haciendo anuncios, clases de contact, etc.  Hay lugares donde se puede descansar, dormir o simplemente tomarse un respiro del sol. También es uno de los dos lugares donde se vende algo, o sea que hay un intercambio de dinero por mercadería. En este caso es café o té.  El otro artículo de lujo que se vende es hielo.  Fuera de eso, lo demás es por trueque o por amor.


A la salida del campamento central nos encontramos con 3 estatuas  de unos 15 o 20 mts. de alto representando figuras humanas en actitud de adoración realizadas enteramente con cadenas de hierro soldadas.  Ver semejantes esculturas en un museo ya sería una experiencia maravillosa dado el tamaño de las mismas. Pero ver semejantes seres en el medio de la nada es doblemente maravilloso ya que hay un esfuerzo humano grandioso para transportar y montar esas esculturas en ese lugar donde todo tendrá vida física una semana. Este mismo efecto se reproduce en casi todo el arte existente en Burning Man. La geografía le da un marco totalmente exclusivo.


Como fotógrafo había decidido no llevar mis cámaras de película por varios factores, siendo el costo del revelado uno de los principales. En cambio llevé mi recientemente adquirida cámara digital portátil, lo cual fue un acierto en ciertos sentidos, pero un error en otros tantos.  De a poco fui dejando que mi ojo se permeara con lo que ocurría ante mí. Mi actitud en esta ocasión fue la de espectador. Finalmente estaba presenciando lo que con tanto ahínco habían tratado de describirme.


Honestamente, recuerdo que los dos primeros días, varias veces se me cruzó por la cabeza el pensamiento "¿qué !#@%#¡ estoy haciendo acá?".  Esta idea se vió acentuada el segundo día, cuando experimenté en carne propia la primera, y la más fuerte, tormenta de polvo que tuvimos. Todo se nubló de repente con una asfixiante bruma grisácea. Carpas, techos, y objetos no identificados volaban por el aire como proyectiles sin dirección. Con un amigo luchamos infructuosamente por mantener una estructura gigantesca pegada al suelo. Cuando finalmente amainó la tormenta, quedó un tendal de carpas y estructuras arrasadas. Y a partir de ahí ya no hubo un rincón de nuestras viviendas que no estuviera cubierto del omnipresente polvo.  Y aquí también hubo que ceder, aceptarlo, integrarlo, amarlo.

Comencé a entender que esto era un proceso, con varias pruebas a superar y que uno puede hacer de Burning Man la experiencia que uno desee, desde lo más banal hasta lo más espiritual.  Se puede bailar hasta caer al ritmo de la también omnipresente música electrónica  en diversos estados alterados (en esto hay un gran parentesco con la cultura "rave"). O se puede participar en la miríada de talleres y cursos de yoga, vida alternativa, cultura verde, etc.  O simplemente brindar servicio.  La variedad es grande. El abanico de posibilidades es tan diverso como en cualquier ciudad común y corriente. Pero lo más importante es que hay un ambiente de libertad con responsabilidad (siempre hay algún desubicado) donde los adultos pueden ser niños y jugar sin ser juzgados.




Al tercer día ciertas barreras comenzaron a caer. Ya trataba de ser má

s participante que espectador. Ya el polvo era un miembro más de la gran familia. Hicimos nuevos amigos, nos encontramos con viejos amigos. Todos los días nos maravillábamos con algún descubrimiento nuevo, algún campamento muy divertido o muy original, o algún lugar donde había algo especial. Compartíamos momentos con perfectos extraños y el vínculo era sólo estar.

Nuestro campamento ofreció clases de tango. En la misma cuad
ra había un lugar donde durante 4 horas por
día ofrecían masajes. Nuestros vecinos de al lado ofrecían tragos y cocktails a la hora del ocaso.  Y en ese tipo de interacciones se nos pasó la semana.


Una de las experiencias más increíbles que tuve fue, creo, el día antes de la quema del hombre. Me fui con mi bicicleta a visitar una estructura que había visto al pasar, pero que nunca había tenido tiempo de visitar. Era una especie  de templo de madera que se iba a quemar el día después del hombre, o sea el domingo.




Recuerdo que estacioné mi bicicleta y a medida que me acercaba empecé a sentir que se me apretujaba el plexo solar. Me invadió una gran congoja sin saber por qué. Estaba al punto de las lágrimas cuando empecé a ver que la gente escribía en pedacitos de madera y los depositaba en distintos lugares de ese sitio. Muchos eran deseos personales o para seres queridos. Otros eran simples recordatorios de gente o animales que ya no estaban. Ahí comprendí de dónde venía tanto dolor y cómo al acercarme al lugar había entrado en ese campo energético. Por suerte eso se quemó el domingo liberando toda esa energía de miedo y dolor. También entendí que estaba en sintonía con el tema del evento de ese año.

Si bien los organizadores de Burning Man insisten en que la quema del hombre no es el punto culminante del evento, hay que reconocer que es el plato fuerte y por el que mucha gente va a Burning Man. También aquí la interpretación de este acto es totalmente libre y personal. Como todo acto que integra al fuego, hay una sensación de purificación inherente, de renacimiento de las cenizas, de transmutación. En fin, cosas que supongo están guardadas en nuestro inconsciente colectivo.

La llegada del sábado se llenó de anticipación y ansiedad. Significaba la llegada del momento esperado, pero también marcaba la cercanía del final. A esta altura ya habíamos incorporado completamente esta vida del mundo paralelo que es BM y pensar en tener que volver al mundo "real" nos causaba desasosiego. Las expresiones en los rostros habían cambiado.

El perímetro alrededor del hombre se había cerrado ya desde el día anterior y hoy la gente se agolpaba siguiendo la misma delimitación. Al anochecer comenzó la ceremonia con un desfile de decenas de tambores y malabaristas de fuego. Y finalmente, con una gran explosión de fuegos artificiales, se encendió el hombre y toda la estructura circundante.




Una vez que cesó el estruendo de los fuegos artificiales sólo quedó una especie de reverencial murmullo y la imagen de la estructura en llamas en el marco de la noche. Cada tanto, algún pedazo importante de la estructura se desmoronaba produciendo una lluvia de chispas y el alarido de la muchedumbre. Pero después todo volvía a silenciarse.
Lentamente, como queriendo guardar hasta la última imagen en nuestras retinas, nos fuimos volviendo a nuestros campamentos. La noche siguió como todas las anteriores, con música incesante y gente yendo y viniendo, pero el ánimo ya era otro.

Por cuestiones laborales, mis compañeros y yo habíamos decidido partir el domingo, por lo que no pudimos quedarnos a la quema del resto de las estructuras. Así que gran parte del domingo se nos fue en desarmar el campamento y volver a apretujarlo dentro de la camioneta. Nos despedimos de nuestros vecinos como si nos conociéramos de toda la vida.

La salida de Burning Man fue más penosa que la entrada. Había mucha gente saliendo al mismo tiempo, así que no había más remedio que alinearse en una paciente fila y esperar. Ya estaba atardeciendo y la fila de autos avanzaba lentamente como una columna de hormigas. Me invadió una tristeza indescriptible. La gran utopía se había terminado. Volvíamos a la gran sociedad con sus reglas caprichosas.




A esta altura, ya hacía una semana que no nos bañábamos. Cuando llegamos a los primeros vestigios de civilización, el contraste era muy evidente. Parecíamos náufragos recién rescatados de alguna isla desierta.  Las miradas de reprobación se hacían sentir. Pero sí, veníamos de una isla en el desierto luego de vivir una increíble experiencia comunitaria de libre expresión. Utópica en cierto sentido, pero si lo único que vale es el momento presente, entonces fue tan real y valedera como cualquier otro momento vivido en plena consciencia. 

  

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