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CUERPO Y CREATIVIDAD

por Lic. Alberto Ivern, filósofo

"La mano se cierra y se abre miles de veces en un mismo día. ¿Cuántas de las veces que se abre o se cierra lo hace como “nuestra” mano, es decir como una decisión de dar o recibir, de acariciar o golpear…? ¿Cuántas veces se cierra o se abre automáticamente, sin pensarlo siquiera, sin darse cuenta? Todo el cuerpo se cierra y se abre y en algún sentido, también cada parte  lo hace. Los oídos se cierran y se abren; los pulmones, el corazón, los poros de la piel, los ojos... ¿por cuántos motivos, con cuántos diferentes sentimientos y emociones?" Lic. Alberto Ivern
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¿De cuántas distintas maneras nos cerramos?
Podríamos decir que cuando necesitamos replegarnos para recuperar nuestro centro o nuestro eje, para reinstalarnos en nosotros mismos y nutrirnos de esa última sole
dad de la decisión personal, nos estamos “abriendo hacia dentro”, mientras que cuando nos dispersamos en miles de tareas y de gestos automáticos y urgentes para atender demasiados frentes simultáneos… a veces con ello nos estamos “cerrando hacia fuera”. Estamos cerrando los ojos y sobre todo los oídos al reclamo de nuestra mismidad extraviada. Estamos postergando nuestros deseos, postergándonos.

DESEO - CREAR
DESEO (de-siderar) es contradecir las estrellas, lo obligado o legado como “posible”. CREAR es atreverse a originar un recorrido, desocultándolo para otros,   es inaugurar un camino donde no había ninguno. Así es el movimiento autoconducido, del cuerpo en el espacio, con esa espontaneidad consciente de un pez en el agua. Y el universo parece acomodarse, como un  “tu”  predispuesto a los atrevimientos del yo, en el Uno insondable del Nosotros.

Pintura de Vanesa Martinelli
Cerrarse y abrirse es un movimiento espontáneo de todos los seres vivientes, incluso de todos los seres considerados globalmente como una totalidad viviente. Tose la tierra en sus volcanes, erupciones de su piel son las montañas, se llenan sus cráteres con mares al igual que nuestros pulmones con las primaveras. Todo respira, aún los hierros más duros y el más pesado concreto de las megalópolis. El universo es un cuerpo y abre sus ojos en relámpagos. Y en ese respirar, en ese abrirse y cerrarse, se re-crea. ¡¡Pero es en nuestro cuerpo donde el universo se vuelve deseo de re-crearse!!.

Un niño pequeño recostado sobre una cuna deja de chuparse el dedo, abre sus ojos, despliega sus brazos y sus piernas, vuelve a replegarse, esta vez parcialmente, y ahora despliega una pierna en otra dirección. Ha levantado un brazo y el otro está semiplegado. Ahora se abre completamente pero moviendo sus cuatro extremidades... ¿quién podría prever su próximo movimiento? Pensemos por un momento que este niño es un Dios creador o re-creador, que está ensayando diferentes posibles esquemas esquelético-musculares correspondientes a las posturas de diversos animales en los que podría transformarse. Esta suposición nos permite suplir la representación que tal vez tenemos de este niño como de un ser que “no sabe lo que hace” por otra representación que nos permita registrar su extraordinaria capacidad de originar una enorme cantidad de posturas diferentes. 


 
Conocen los Wichís una divinidad así, su nombre es Tokjwáj (pequeña gota de agua) y es  capaz de transformarse en pájaro, en perro, en panal de avispas mieleras… es decir en cosas muy diferentes para ocultarse o aparecer, según lo exijan las circunstancias imprevistas y a menudo adversas que suele desencadenar su curiosidad irrefrenable. En una oportunidad Tokjwáj flechó al Gran Dorado. El hijo de Chiláj (el Dios del agua y Señor de los peces) les había revelado a algunos varones de la Nación Wichí, el paradisíaco estanque donde estaban los peces, y les había enseñado a flechar sólo los suficientes para que pudiesen comer todos y con la expresa prohibición de flechar al Gran Dorado. Oculto mediante alguna de sus formas Tokjwáj logró seguirlos,  llegar al estanque el cual se rompió  apenas flechó al Gran Dorado. Las aguas desbordaron y comenzaron a perseguir a Tokjwáj, desparramándose en ríos. Pero Tokjwáj hizo algo más que mutar en innumerables formas para salvarse de la muerte, también les enseñó a los Wichís a pescar con redes. Y si bien es más difícil flechar peces en un río que en un estanque, ahora todos saben dónde están los peces y todos pueden hacerlo,  pues han aprendido a pescar con otros, a hacerlo juntos.

La Desarmonía
“El espíritu investigativo ligado al aprovechamiento creativo del caos provocado por la desobediencia a una regla perfectible, otorga a la búsqueda de la armonía una oportunidad de enriquecedora y permanente completud” . En efecto, la desarmonía resultante de la desobediencia no constituye necesariamente una pérdida irremediable, a veces por el contrario, vuelve posible plenitudes insospechadas. El problema es cómo soportar el transitorio caos: la suspensión transitoria de la estructura yoica para asumirse como otro personaje, la suspensión transitoria de toda perspectiva y organización del espacio gráfico para hacerle lugar a una imagen increada; la suspensión de toda noción de armonía para soportar la transición hacia una música no escuchada antes, etc. Es difícil hacerlo sin cambiar la representación que tenemos de nosotros mismos, sin concebirnos como co-creadores o re-creadores, es decir, sin acceder a una imagen de nosotros mismos que se parezca más a lo que realmente somos y menos a lo que nos han hecho creer que éramos cuando nuestra conciencia era especular y nuestros espejos eran los miedos de nuestros educadores.


Alberto Ivern (atrás izquierda) en el taller,"El juego en el arte y la educación"
con jóvenes de la Universidad Gral. Sarmiento, Buenos Aires, Argentina.

En uno de sus peligrosos viajes, Ulises enfrenta en una playa a un dios capaz de mutar en incontables formas diversas. Lo digo porque algunos prefieren la referencia a la cultura griega más que a la de nuestros pueblos originarios. O en todo caso prefieren los Incas a los Wichis.  Tal vez por ello  nos ayude una referencia a los Qeros y Laykas, de la selva peruana, descendientes ocultos de los Incas, quienes hace pocos años entraron en contacto con la cultura occidental. Pero todas estas referencias tienen el sólo propósito de ayudarnos a concebir ese universo infinito y multiforme que cabe en nosotros,  -como cabe el sol en una gota de rocío-, y que sólo necesita la originailidad, fluidez y flexibilidad de  nuestro atrevimiento para infinitizarnos, para desocultar la infinita plenitud  que potencialmente somos. Una de las curiosas habilidades de los Qeros, nos habla de la originalidad fluidez y flexibilidad de la que es capaz un cuerpo:  su capacidad de hacerse livianos como hormigas, ágiles como pumas, sigilosos como serpientes… Parecen haber corporizado lo que el filósofo cristiano Sto. Tomás de Aquino consideraba una propiedad del principio espiritual por el cual el ser humano “puede volverse de algún modo todas las cosas” .

El Cuerpo
Diversas son las representaciones del cuerpo de Buda según sus sucesivas reencarnaciones. En la última –y para representar cuál fue su último y esencial aprendizaje, a saber, el aprender a escuchar y a escucharse-, lo vemos con orejas muy largas. El cuerpo refleja nuestros pensamientos, deseos, decisiones. Algunos seguidores de Cristo le vieron aparecer entre ellos a pesar de que estaban en un lugar totalmente cerrado. Otros le reconocieron mientras compartían el pan y luego le vieron desaparecer. ¿Hasta qué punto nos atreveremos a pensar, desear y decidir el cuerpo que tendremos? Observando las personas que pasan caminando por mi cuadra, veo a muchos, -demasiados- que parecen transportar una bolsa de arena sobre sus hombros.

Cambiar de formas con el propio cuerpo, aquel primer evento creativo en el niño, puede incorporarse a la caja de herramientas para un entrenamiento a la creatividad. Concebirse, pensarse como capaz de diferentes formas, de hecho  flexibiliza la imagen interna, lo que creemos que “es” nuestro cuerpo. Sabemos que en realidad no “es” sino que deviene, se está haciendo, en este momento.  Vale aclarar que el cuerpo no es lo físico sino su representación mental. Es esa  imagen interna la que lo hace “mío” a un “cuerpo” que, por sí mismo,  no tendría nada de esencialmente diferente a ningún otro.  Esa representación, que comienza entre los 0 y los 6 años,  se va forjando a partir de  las experiencias de los  movimientos de los  cuerpos en los espacios y de las narraciones de esas experiencias. Es una  tarea que hace el cerebro, a partir de  las senso percepciones singulares en contextos necesariamente vinculares. Los  datos de la experiencia sensible se van asociando entre sí. Vamos produciendo “axones” (conexiones) a través de las cuales asociamos una información con otra: me duele la rodilla, ese dolor es mío, por lo tanto la rodilla es mía. rodilla-dolor=rodilla-frágil; patada-gol = pié-fuerte, etc. Ese primer esquema corporal se vuelve imagen de sí en un contexto social, donde co-inciden las miradas de los otros, sus palabras, sus gestos, sus valoraciones. Es afectado en primer lugar  por los adultos significativos y más tarde por sus pares, con quienes a su vez cada uno inter-actúa desde la propia singularidad.

Una rica construcción de la imagen corporal supone suficientes oportunidades de originar (originalidad) muchos movimientos (fluidez) de diferente tipo (flexibilidad) y de experimentar múltiples formas de sanos afectos, cuidados y vínculos positivos.  El proceso incluye la construcción de la representación del cuerpo el espacio-tiempo, los otros, los nosotros…. Y en  esta representación corporo-espacio-temporal-social,   se asientan todos los demás aprendizajes . Toda noción simbólica reconoce una raíz afectiva y toda dificultad en el aprendizaje –aún del aprendizaje de un concepto matemático como la suma o la multiplicación-, reconoce así mismo su primera  raíz en un cuerpo afectado.


Interesa muchísimo, pues,  que esa representación, que esa imagen mental de nosotros mismos, en base a la cual nos movemos, buscamos, optamos, haya sido acuñada desde una matriz creativa, con permiso de explorar, de ensayar, en contextos de cuidado y contención. Y es importante que ese clima o contexto lúdicro no se discontinúe al ingresar en las siguientes etapas evolutivas .
 
Variar las formas de caminar, de trasladarse, de pararse, de sentarse, de acostarse…  contradecir a una música generando  acciones y movimientos físicos discordantes, es decir, contrarios al ritmo, al clima o color que propone esa música,  equivale a romper con los “mandatos”  de lo previsto, de lo estipulado, de lo “normal”. Y si además de explorar diferentes  calidades de movimientos y acciones físicas nos predisponemos a “leerlas” desde el rol de espectadores activos y a replicar no lo que el autor creyó expresar sino la emoción o idea que tales movimientos hayan resonado en nosotros y si al hacerlo a su vez, los que comenzaron la cadena vuelven a “interpretar” nuestras acciones y a expresar los mensajes que hayan resonado en ellos…tales resonancias se irán multiplicando hasta sorprendernos gratamente. En un momento exclamaremos, “¡Qué  bueno esto, qué bueno aquello!” Habremos permitido que una ocurrencia-mejor que todas las primeras que traíamos- nos haya alumbrado a todos. Habremos “parido” una imagen, una acción, una frase…una “idea” capaz de brillar desde sí misma según  múltiples significados emotivos. Lo que acabamos de describir es un esquema de “proyección significante”, un método muy utilizado para la creación de mimodramas , dada la falta de mimo dramaturgos.


Alberto Ivern conduciendo el programa radial "Historias del Futuro"

Pero más allá de la creación de obras de arte, ¿cómo hacer de la propia vida una obra de arte? “Así arriba como abajo, así adentro como afuera,” reza una antigua ley del Universo. ¿Qué es lo que nos impide concebirnos (adentro) y parirnos (afuera)? ¿Por qué no concuerdan lo uno y lo otro? ¿O es que sí concuerdan, en realidad, y aquello de lo que supuestamente nos quejamos es lo que en el fondo esperamos que nos ocurra? ¿Cómo registrar y aprovechar las oportunidades de re crearse según la mayor plenitud  que seamos capaces de concebir?

Las células del cuerpo cambian, constantemente. ¿Por qué se perpetúa una mala postura, un desequilibrio hormonal, una enfermedad? ¿Por qué siguen funcionando “mal” algunas glándulas o algunos órganos, si ya no son los mismos, si ya se renovaron todas sus células? ¿De qué depende que vuelvan a organizarse de un modo enfermo o disfuncional?

El estudio de casos de “remisión súbita”, es decir de curaciones de algunos pacientes con enfermedades terminales en contextos aparentemente similares a otros que efectivamente fallecieron, arrojó un resultado sorprendente: el ADN no es un mecanismo, invariable, sino que existe en él un margen de flexibilidad. Este margen de opciones creativas le permitiría  reaccionar de un modo diverso al esperado si la persona lo “decide”. Ahora bien, ¿por qué no todos “deciden” curarse?. En muchos casos porque no pueden “creer” que puedan curarse, no pueden concebirlo como una opción. Entonces la creencia contraria, de que, irremediablemente, van a morir, no encuentra otro modo de corporizarse.
Algo similar ocurre con la “vejez”. La representación que se tiene de ella incluye en muchos casos un cuerpo encorvado, la pérdida de todo tipo de flexibilidad y una multitud de achaques. De ese modo apenas uno empieza a acercarse a los 70 u 80 años “espera” quedarse medio sordo, medio ciego, medio rengo… A menos que lo sustituyamos por otro, el axón “viejo=achacoso”, empezará a  operar, -automáticamente-. Pero podríamos concebir otra ancianidad, provocar otras conexiones, por ejemplo ancianidad= tiempo libre para viajar, conocer y disfrutar del arte, la ciencia, los baños termales…asociarnos a emprendimientos sociales, políticos, culturales… Disfrutar del cuidado de niños, de la compañía de otros adultos, discutir, conversar, pensar, compartir, donarse, etc. No es que con todo esto uno va a dejar de ser viejo sino que hay un margen de decisión respecto a qué quiero ser cuando sea viejo, que tipo de viejo quiero ser.



Ser achacoso, ser gordo, ser flaco, fuerte, frágil, lindo, feo…son creaciones, representaciones actualizadas. El cuerpo es el escenario donde se teatraliza todo aquello que no puede ser puesto en palabras, expresado, reformulado, reemplazado por otro deseo. Allí está, expuesta en la galería del cuerpo la creatividad  de las contracturas, de las erupciones pultáceas, de las soriasis, verrugas, herpes, urticarias…Creatividad original, fluida y flexible si las hay…pero qué negativa es esa creatividad del suicida que nos mal aconseja. ¡Cuántas formas de auto provocarnos la muerte, a causa de la mala representación que tenemos de ella!


Alberto Ivern dictando la conferencia "¿Es posible transformar la realidad? ¿Cómo?"
en Cámara de diputados, prov. de Chaco (Argentina)

Tenemos que aprender esto de los demás seres que comparten con nosotros el inmenso co-existir. Muere la flor en el fruto, la semilla en el árbol. ¿Qué pasaría si las flores o las semillas se negaran a morir? No habrían frutos.  No habrían árboles. ¿Y si los árboles pudiesen negarse a morir? No habría lugar para nada más sobre la tierra, ni siquiera para otros árboles. Lo mismo ocurriría con cualquier otro ser que no quisiera o pudiera morir: se llenaría la tierra de serpientes, de pájaros o de elefantes  o de cualquier otro ser que no pudiese morir, lo cual a su vez provocaría la muerte de sí mismos -pues cada ser necesita de los demás también para sí mismo- y la muerte de la tierra, ya que todo es un ecosistema de diversos que se inter-necesitan mutuamente. Esto es, dicho sea de paso, lo que ocurre con el cáncer: se trata de células que se niegan a morir y terminan “comiéndose” el cuerpo donde viven.  La “lógica” de no querer mutar, de no querer dejar lugar a otros, se actúa también en la vida cotidiana, cada vez que no dejamos hablar a otro, cada vez que aún reconociendo que estamos equivocados no queremos “morir” a una idea o a un hábito que venimos arrastrando desde la infancia. La expresión “Me tenés podrido con esa cantilena”, nos está indicando incluso el proceso de descomposición de una frase remanida que ya ha “muerto” para todos menos para quien la sigue repitiendo. Hay políticos  que sólo piensan en perpetuarse en sus cargos y vuelven a postularse, una y otra vez, una y otra vez. Se les suele denominar “muertos vivos” porque no representan más que a sus propios espectros. Pero la idea de “morir” no tiene porqué estar asociada a la imagen de “desintegración” como sugiere la lógica del egocentrismo consumista.

Desde la óptica contraria, de la reciprocidad positiva,  la muerte es una decisión lúcida, fecunda para sí y para otros, que continúa el rito del mutuo donarse en ese lógico y esperado abrazarse con la Vida.  Es posible constatar numerosos casos de cuerpos de personas que han vivido donándose, apasionándose por mejorar la convivencia social e incluso consumándose en la ayuda a las personas más frágiles e indefensas en situaciones de crisis, epidemias, cataclismos… y cuyos cuerpos –aún después de muertos- perduraron intactos durante siglos. ¿Por qué deberían deteriorarse los cuerpos de quienes aún no han fallecido? Quizás sólo les falte darse cuenta del propio potencial creativo y  ¡¡vivir!! de acuerdo a ese potencial. Entonces veríamos sus cuerpos re-crearse, cualquiera fuere el presagio que se abata sobre ellos. Lic. Alberto Ivern

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ículo publicado en Revista “Cuadernos de Campo”, Agosto 2009


El Lic. Alberto Ivern junto a su esposa,
Cecilia Colombo, psicóloga y actriz

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